Manoli, una puta de 32 años, bizca, pálida y pelín fondona, se paseaba por las esquinas de montera bolso en mano y medias en piernas, dispuesta a cazar a algún hombre que le alegrara la noche. Al contrario que la inmensa mayoría de las prostitutas, Manoli disfrutaba con su trabajo. Vivía por y para follar. No pensaba que hubiera nada que se le diera mucho mejor. Así que dedicarse a ello era para ella una bendición. ¡Cualquiera puede imaginar un trabajo que le guste! Pero de eso a hacerlo realidad…
Aunque, pese decirlo, Manoli ya no es lo que solía ser. Su pasión se estaba yendo con los años. Ya no disfrutaba tanto. Estaba deprimida.
Qué triste, tantos años perdidos, pensaba Manoli, meneando el bolso y sintiendo el fresco airecillo bajo su falda. Ensimismada como estaba, no es difícil imaginar el susto que se pegó cuando vio delante de sus narices, como salido de la nada, como por arte de magia, como si hubiera salido de una burbuja con un sonoro plop, a un hombre de unos 40 años, bajito, calvo, pelo negro, desaliñado, tripón, que la miraba a los ojos, penetrando su alma.
- ¡Ostias! ¡Qué susto, coño!- dijo Manoli, algo alterada, pero reponiéndose-. ¿Qué quieres, guapo? ¿Te apetece un polvete rápido? Por 35 euros puedo hacer tus fantasías realidad, cariño…
El hombre seguía mirándola, como gilipollas.
- Esto…